¿Existe el Purgatorio?

De la Biblia podemos deducir que existe el Purgatorio. Así (cf Catecismo nº 1031): "Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquél que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (en la otra vida) (San Gregorio Magno, dial. 4, 39)"

Dice el Catecismo (Universal) de la Iglesia Católica en su nº 1030: "Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque estén seguros de su eterna salvación, sufren después de la muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo."

Y en su nº 1031: "La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al Purgatorio sobre todo en los concilios de Florencia (cf DS 1304) y de Trento (cf DS 1820, 1580). La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (por ejemplo, 1 Co 3, 15; 1 P 1, 7) habla de un fuego purificador"

(De María Valtorta, Cuadernos de 1943, pág. 432, traducción deSantiago Simón Orta):

«Dice Jesús: "Quiero explicarte qué es y en qué consiste el Purgatorio. Y te lo voy a explicar de forma que ha de chocar a tantos que se creen depositarios del conocimiento del más allá pero que no lo son.

Las almas inmersas en aquellas llamas no sufren sino por el amor.

No desmerecedoras de poseer la Luz, mas tampoco dignas aún de entrar al pronto en el Reino de la Luz, al presentarse ante Dios, son revestidas por dicha Luz. Es una breve y anticipada bienaventuranza que les certifica de su salvación, les hace ver lo que será su eternidad y lo que hicieron de su alma privándola de años de feliz posesión de Dios. Inmersas después en el lugar de expiación, se ven penetradas de las llamas expiatorias.

Aciertan en esto los que hablan del Purgatorio; mas yerran al querer atribuir nombres diversos a tales llamas.

Ellas son incendio de amor. Purifican abrasando a las almas en el amor. Comunican el Amor porque, cuando el alma llega a alcanzar en ellas aquel grado de amor al que no llegó en la tierra, viene a quedar libre y se une al Amor en el Cielo.

¿Te parece doctrina distinta de la ya conocida, verdad? Mas, reflexiona.

¿Qué es lo que quiere el Dios Uno y Trino para las almas creadas por Él? El Bien.

El que quiere el Bien para una criatura, ¿qué sentimientos abriga hacia ella? Sentimientos de amor.

¿Cuáles son los mandamientos primero y segundo, los dos más importantes, aquéllos de los que Yo dije no haber otros más grandes y estar en ellos la llave para franquear la vida eterna? Es el mandamiento del amor: "Ama a Dios con todas tus fuerzas, ama al prójimo como a ti mismo".

¿Qué os dije infinidad de veces por mi boca, por boca de los profetas y de los santos? Que la Caridad es la más grande de las absoluciones. Que la Caridad cancela las culpas y las debilidades del hombre, ya que quien ama vive en Dios y, al vivir en Dios, peca poco y si peca, al punto se arrepiente y para el que se arrepiente se halla presto el perdón del Altísimo.

¿En qué faltaron las almas? En el Amor. De haber amado mucho, hubieran cometido pocos pecados y éstos leves, debido a vuestra debilidad e imperfección. Pero nunca habrían llegado, aun en materia leve, a la consciente pertinacia en la culpa. Y si hubieran procurado no disgustar a su Amor, al ver su buena voluntad, habríales absuelto aun de las faltas veniales cometidas.

¿Cómo se repara una culpa, incluso en la tierra? Expiándola, tan pronto se pueda, con los mismos medios que se utilizaron para cometerla. Quien causó un daño, restituyendo cuanto quitó arbitrariamente. Quien calumnió, retractándose de la calumnia, y así de los demás.

Pues bien, si esto exige la pobre justicia humana, ¿cómo no la ha de exigir la Justicia santa de Dios? Y ¿de qué medio se valdrá Dios para obtener la reparación? De Sí mismo, o sea, del Amor y exigiendo amor.

Este Dios, al que ofendisteis, que os ama paternalmente y quiere estar junto a sus criaturas, os posibilita esta unión a través de Sí mismo.

Todo, María, se entrama en el Amor, a excepción de los auténticos "muertos" que son los condenados. Para estos "muertos" hasta el Amor murió. Mas en los tres reinos – el más pesado: La Tierra; el otro, aquel en que no se da el peso de la materia pero sí el del alma cargada con el pecado, que es el Purgatorio; y, por fin, aquél en el que sus moradores comparten con el Padre su naturaleza espiritual que les exime de toda carga – el motor es el Amor. Amando en la tierra es como trabajáis para el Cielo. Amando en el Purgatorio es como conquistáis el Cielo que en vida no supisteis merecer. Y amando en el Paraíso es como gozáis del Cielo.

Cuando un alma está en el Purgatorio no hace sino amar, recapacitar y arrepentirse a la luz del Amor que prendió en ella aquellas llamas que ya son Dios pero que le ocultan a Dios para su castigo.

Este es el tormento: El alma recuerda la visión de Dios habida en el juicio particular. Si lleva consigo aquel recuerdo es porque, aun cuando no sea mas que el haber entrevisto a Dios, representa un gozo que supera toda otra cosa creada y el alma se deshace en deseos de volver a gozar de aquella dicha. Aquel recuerdo de Dios y aquel rayo de luz que la penetró al comparecer ante Él, hacen efectivamente que el alma "vea" en su exacta dimensión las faltas cometidas contra su Bien. Y este "v e r", junto con el pensamiento de que con aquellas faltas se privó voluntariamente para años o para siglos de la posesión del Cielo y de la unión con Dios, constituye su pena purgativa.

El amor y la convicción de haber ofendido al Amor es el tormento de los purgantes. Cuanto más faltó un alma durante su vida, tanto más se ve como cegada con espirituales cataratas que le hacen más difícil conocer y alcanzar aquel arrepentimiento perfecto de amor que viene a ser el principal coeficiente de su purgación y de su entrada en el Reino de Dios. Cuanto el alma oprimió más con la culpa al amor, tanto más queda éste pesado y tardo en su desarrollo. Mas, a medida que se purifica el alma por obra del Amor, se acelera su resurrección al amor y, en consecuencia, su conquista del Amor que se completa en el momento en que, terminada la expiación y alcanzada la perfección del amor, es admitida en la Ciudad de Dios.

Es preciso rogar mucho para que estas almas, que sufren por alcanzar la Gloria, logren rápidamente el amor perfecto que las absuelva y una a Mí. Vuestras plegarias, vuestros sufrimientos son otros tantos acrecentamientos del fuego del amor. Aumentan su ardor. Mas – ¡oh feliz tormento! – aumentan igualmente la capacidad de amar y aceleran el proceso de purgación. Elevan a grados cada vez más altos a las almas sumergidas en aquel fuego. Las llevan a los umbrales de la Luz. Abren las puertas de la Luz y, por último, las introducen en el Cielo.

A cada una de estas operaciones llevadas a cabo por vuestra caridad en favor de quienes os precedieron en la segunda vida, viene a corresponder un movimiento de caridad hacia vosotros: Caridad de Dios que os agradece cuanto hicisteis por sus hijos penantes y caridad de éstos que os dan gracias por haberos preocupado de introducirlos en el gozo de Dios.

Nunca como después de la muerte terrena os aman tanto vuestros seres queridos, porque su amor está a la sazón penetrado de la Luz de Dios y comprenden a esta Luz, como les amáis y cómo os debieran haber amado.

No pueden ya dirigirse a vosotros con palabras pidiéndoos perdón y ofreciéndoos amor. Pero me las dicen a Mí para vosotros y Yo os transmito estas palabras de vuestros muertos que ahora es cuando saben veros y amaros como es debido. Os las transmito Yo junto con sus protestas de amor y con su bendición. Bendición válida ya desde el Purgatorio por cuanto se halla penetrada de la encendida Caridad que les abrasa y purifica. Y perfectamente válida también después, a partir del momento en que, liberados ya, vendrán a vuestro encuentro a los umbrales de la Vida o se juntarán con vosotros en la misma si es que les precedisteis en el Reino del Amor.

Confía en Mí, María. Yo hago por ti y por los tuyos más queridos. Levanta tu espíritu. Vengo para comunicarte la alegría. Fíate de Mí.»

Con alegría y esperanza debemos considerar la suerte de nuestros familiares y amigos difuntos que están en el Purgatorio, pues ya se cuentan entre los salvados para toda la eternidad, y serán más pronto o más tarde eternamente bienaventurados en el Cielo. Pero al mismo tiempo, con compasión por sus sufrimientos que como hemos visto en el escrito de María Valtorta nacen del amor, de un amor que pena por no haber amado más a Dios y a los demás hombres. Y de esta compasión por sus sufrimientos deben brotar de nosotros abundantes oraciones y sacrificios a fin de reposen en paz y que la luz perpetua los ilumine.

Dice así el nº 1032 del Catecismo: "Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura:"Por eso mandó (Judas Macabeo) hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado" (2 Mac 12, 46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico (cf. DS 856), para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos".

En cuanto a las indulgencias que se pueden aplicar por los difuntos: la Iglesia según el privilegio concedido por Jesús de "atar y desatar" puede conceder a determinadas oraciones o obras de piedad y penitencia un poder liberador de las penas debidas por nuestros pecados, que podemos aplicar por nuestros difuntos. Dice así el nº 1471 del Catecismo: "La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos." "La indulgencia es parcial o plenaria según libere de la pena temporal debida por los pecados en parte o totalmente". "Todo fiel puede lucrar para sí mismo o aplicar por los difuntos, a manera de sufragio, las indulgencias tanto parciales como plenarias (CIC, can. 992-994)."